Mostrarnos al mundo: ¿Imagen o marca personal?

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Estos días en dúin estuvimos trabajando mucho en este rubro, y no dejamos de ver la frecuente confusión. Altas expectativas puestas en la imagen y marca personal y hasta clientes que creen que un logo y otras hierbas que no me competen, agotan la cuestión.

O se espera mucho de una camisa, o se cree que poner un logo en todo lo que hago construye mi marca personal. Ni una cosa ni la otra está bien ni mal; no aprendimos a vendernos a nosotros mismos y la emergencia de lo virtual nos demanda adaptarnos para no morir.

La cosa da para mucho, no tenemos porqué saber de esto, pero sí necesitamos de estas distinciones para dar en la tecla a la hora de salir al mundo como profesional.

Particularmente voy a detenerme en diferenciar la imagen y la marca personal desde la mirada de esta extraña asesora de imagen que cuando le piden asistencia en el rubro piensa en cualquier cosa menos en la vestimenta y los colores. Bueno, un poco sí los tengo en cuenta pero tengo licencia para mirar un poquito más allá. 

Ojo, que las diferencie no significa que una no tiene que ver con la otra, lo importante acá es no caer en la tentadora trampa de depositar todas nuestras expectativas personales en un solo recurso.

Decir quien sos sin hablar

Mi pensador político preferido, el florentino Maquiavelo decía que lo más importante era parecer, y no ser. ¡Qué ganas de explayarme! Pero me quedo en la orillita de la imagen. Suelo ser portadora de malas noticias en este oficio, pero mi compromiso no está en que no te enojes conmigo, si no que trabajemos tu imagen para que sirva a tu propósito.

Mientras llega un cliente al estudio y empieza a conversar frecuentemente en lo que escucho me imagino lo mismo. Un gran cajón, de esos archiveros viejos de metal, y yo revisando sin encontrar lo que pide; la carpeta de experto, líder, serio, capaz y un montón de adjetivos más.

Y ahí estoy, diciendo que no, que no existe. Que sí hay colores y prendas que apoyan a la construcción y proyección de esa imagen, pero que aquel deseo se construye con mucho más. 

Si existiera, seríamos todos monigotes iguales, imitadores de una lista de “tips” – ok, sí los detesto- ¿y qué fué de las monas vestidas de seda? ¿de que como te ven te tratan? Que no todo lo que brilla es oro, que las apariencias engañan, que no soy todo lo que ves, ni ves todo lo que soy, y que para  primera impresión no hay dos oportunidades.

¡Ugh! ¡cuántas “leyes” rigen nuestro mostrarnos al mundo! ¡Cuántas ideas sembradas sin cuestionar! ¿A qué creencias estaremos aferrados que limitan nuestra imagen?

La imagen, en segundos transmite información que quien nos observa interpreta de manera inmediata. Ahora bien, esas interpretaciones no nos pertenecen. Sí nos pertenece lo que hacemos, lo que vestimos, cómo hablamos, nuestros gestos, y un montón de acciones más que entran en juego a la hora de proyectar nuestra preciada imagen.

 ¿Cómo decimos quiénes somos sin hablar?

La imagen es la identidad que las personas construimos para presentarnos en sociedad mediante la apariencia como prolongación de nuestra personalidad, roles, rasgos, manera de ser y comportarse.

La vestimenta, las decisiones cotidianas sobre qué ponernos, afectan a nuestra actitud y estado de ánimo e influyen la manera en que enfrentaremos el día. Dejarla de lado sería una catástrofe similar a la que causaría ponerle toda la expectativa. 

Si estuviéramos salvados por lo que nos ponemos, piensen en todos los sujetos que vengan ahora mismo a su mente bien vestidos y con pocos resultados.

¡Qué elegancia la de Francia!

Vestimenta, maquillaje, corte de cabello, perfumes y colores no agotan la imagen personal. Desde fines del Siglo XIX y principios del XX, el fenómeno de la moda se puso en el foco de análisis para sociólogos, psicólogos y comunicólogos. Una arista de cómo definir quiénes somos se constituye como un paradigma al cual seguir, en el que deseamos encajar o que pretendemos trascender y romper generando nuevos estilos. 

La moda, la imagen, el estilo propio, son exacerbados por un contexto que demanda rapidez, exhibición permanente, extrema competencia y la inminente comparación con figuras modelo, influencers del mundo contemporáneo. En palabras de Eduardo Galeano, la cultura del envase desprecia el contenido, y “el funeral importa más que el muerto, la boda más que el amor y el físico más que el intelecto”.

Permitámonos pensar en que hay algo más que parecer, para proyectar una imagen pública. Si bien la apariencia que construimos logra complementar el mensaje que queremos transmitir, (sólo si es coherente y consistente) hay muchos elementos más que entran en juego a la hora de proyectar la imagen personal.

El parecer no está arraigado a ninguna esencia, y queridos amigos, consciente o inconscientemente, los ojos de quienes nos miran lo notan. Ya lo decía Lincoln “Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.” Con esto, quiero decirles que no existe tal o cual tip que resuelva nuestra identidad. De qué nos serviría llevar excelentes trajes de etiqueta si al hablar no podríamos articular con lo que social y culturalmente se constituyen como “buenos modales”, o “querer parecer sencillos” (viejo vicio político) y terminar fuera de contexto. A ver si nos pasa como al pobre Homero que lo invitaron a retirarse de un distinguido restaurante.

Una memorable escena de Los Simpsons, en el Capítulo Miedo a volar, Homero busca nuevos bares, claro ejemplo de cómo somos prejuzgados por la apariencia.

¿Qué huella vas a dejar?

Esa es la marca personal; cómo te perciben, eso que dejas en los demás con lo que haces. Y déjame decirte que para dejar una huella a veces hay que dar cientos de pasos, hasta que aprendemos a caminar bien, dar mejores pasos, más precisos y acertados.

Inversión de tiempo, trabajo y paciencia nos dice Andres Perez Ortega, y es que cuando de marca personal se trata, debemos abandonar la idea de que una vez definido cómo queremos mostrarnos al mundo, hay un traje para ello y ahí se termina el camino.

 Si fuera tan simple y fácil abundarían las marcas personales más de lo que creemos.

Insistiendo desde dúin con que todo eventualmente todo se conecta, lo que hacemos, decimos, pensamos y sentimos construyen un perfecto hilo conductor para nuestra marca personal siempre y cuando estén alineados sosteniendo los valores, ideales y características a las que aspiramos. Nuestra esencia. Eso que nos hace únicos, eso que nadie más tiene. 

Tu marca es lo que la gente dice de vos cuando no estás.

Sin coherencia no hay poder

Un sólido bloque consistente y armonioso de comunicaciones sucesivas sobre lo que hacemos pueden convertirse en un maravilloso piloto automático que solito empiece a dejar huellas por donde andes.

Comunicaciones entendiéndose como la proyección pública de lo que haces, decís y pensás. El mundo online y offline suelen confundirse o predominar uno sobre el otro y lo ideal es un poco de humanidad en tu acartonada presencia en redes, y algo de formalidad y presencia de tu  marca en tus acciones cotidianas.

¡Y ojo! Eso sí, lo de piloto automático es para animarte a que solito fluirá y dejarás de pensar que requiere esfuerzos inconcebibles. Como conclusión, y por supuesto es mi mirada, para lograr una presencia poderosa, nada mejor que la coherencia entre lo que aparentamos (imagen) y lo que somos (esencia). Diría yo, que esa es la fórmula de base para una buena marca personal. Más ser acompañado de hacer, y menos acompañado de parecer.

 Solo para dejarlos con ganas de más, pienso profundizar con el dilema de ser y parecer. Será cuestión de esperar porque me estoy yendo ya mismo a pedirle a María Laura que nos eche luz sobre branding y más marca personal.

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